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El refugio bajo la tierra y el mar: así se vivió el sismo lejos de la superficie

PorPedro Mendoza

agosto 24, 2026
"Resulta más seguro encontrarse en las entrañas de la mina que en la superficie urbana". Foto Cortesía.

“El conocimiento geológico también es infraestructura. Un país que conoce mejor su territorio es un país que puede tomar mejores decisiones, proteger mejor a su población y recuperarse más rápidamente después de un evento como este”.

El pasado lunes a las siete de la mañana, Katherine Chavarro se alistaba para ir a la Mina de Sal en Zipaquirá; tenía su uniforme puesto: chaqueta gris, pantalón azul, botas de seguridad junto con su casco de color amarillo; bajaría 180 metros para llegar a su trabajo como administradora de la tienda Arcasal, donde los turistas se llevan figuras donde la sal es la protagonista.

Cuando llegó a la entrada de la mina, todos estaban afuera: sus compañeros y los mineros; los turistas ingresan después de las nueve de la mañana.

Katherine dentro de la  mina de sal de Zipaquira. En el año 2025, con sus 180 metros bajo tierra, alcanzó una cifra récord,   superó los 706 000 visitantes,

Tiene seis años de experiencia trabajando en el complejo subterráneo; dice que adentro de la tierra, en el corazón de la mina, se ignora un movimiento telúrico: «No se siente, uno se entera por la alerta del celular y lógico me preocupo por mi mamá, pero ella está en la superficie, aquí adentro hay mucha calma», le dice Katherine a El Espectador.

Cuando pasó el tiempo, las alarmas dejaron de sonar; antes de ingresar el pasado lunes, el silencio bajo tierra era ocupado por los expertos. Bajan los encargados de seguridad, de mantenimiento, brigadistas, y hacen un chequeo general de toda la estructura para ver si hay alguna novedad, alguna fractura en la pared.

Aquel día, triste para Colombia, la roca de sal permaneció intacta. Una vez más, la noticia del temblor fue una sorpresa reservada para la superficie.

La gerente de la Mina de Sal de Zipaquirá es Yenny Páez Sabogal; sostiene que, aunque no se siente el temblor, se tiene un plan de contingencia y de evacuación:.

 “El verdadero desafío de un destino como la Catedral de Sal es lograr un equilibrio entre recibir al mundo y preservar aquello que hace único a este lugar”. Agrega que la estrategia de sostenibilidad no solo busca atender al visitante contemporáneo, sino garantizar intacta la majestuosidad de la mina para las futuras generaciones.

Tan solo durante el año 2025, con sus 180 metros bajo tierra, alcanzó una cifra récord que superó los 706 000 visitantes, consolidándose como un referente indispensable del turismo cultural y religioso en América Latina.

¿Y por qué no se siente en las minas?

En el imaginario se piensa que el subsuelo sería como una especie de trampa mortal en el sismo, pero no es así. Flover Rodríguez Portillo es el director ejecutivo de la Asociación Colombiana de Geólogos y Geofísicos de la Energía (ACGGP); le dice a este diario que cuando tiembla su mirada se dirige inmediatamente hacia abajo.

No es que las ondas sísmicas no lleguen a una mina por estar bajo tierra. Llegan y la roca se mueve. La diferencia está en cómo se experimenta ese movimiento”.

El experto explica que, en la superficie, los suelos blandos amplifican ciertas frecuencias, haciendo que los edificios respondan dinámicamente. Por el contrario, en las entrañas de la tierra, la dinámica cambia.

“En una excavación subterránea desarrollada dentro de roca competente, la estructura está confinada por el macizo rocoso y tiende a acompañar más su deformación”. Si bien históricamente los túneles han mostrado menor afectación que las estructuras superficiales, esto no los hace invulnerables. Factores como la profundidad, el fracturamiento de la roca y la proximidad a fallas geológicas podrían marcar la verdadera resistencia del socavón.

 

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Esta realidad geológica plantea una alerta ineludible al mirar hacia las zonas carboníferas como en Cundinamarca y Boyacá. Rodríguez advierte sobre el peligro de las falsas equivalencias: “El principio general puede aplicar, pero no podemos extrapolar directamente el comportamiento de una mina de sal a todas las minas de carbón”.

La seguridad depende del contexto geológico y del diseño geotécnico de cada operación.

En Nemocón, cerca de Zipaquirá, hay otra mina de sal a 80 metros que también es visitada por turistas. Jorge Alberto Salgado Forero es su gerente; le dice a El Espectador: “Por ser mina de sal, el domo salino que la conforma tiene unas propiedades elastoplásticas, a diferencia de otras minas”.

Esta particularidad geológica permite que la estructura actúe como un inmenso amortiguador natural. “El efecto salino lo que hace es absorber las vibraciones que produce la tierra. Esta es la razón técnica por la que resulta más seguro encontrarse en las entrañas de la mina que en la superficie urbana”.

Mina de sal en Nemocón. Foto cortesia

Ese lunes en Nemocón la mina continuó abierta; se utiliza exclusivamente con fines turísticos, ya que no hay producción ni explotación en curso. “No tuvimos ningún problema de desprendimientos o algún tema de agrietamiento”, aseguró el gerente Salgado, confirmando que la infraestructura se conserva en perfecto estado, recordando que esta mina apuesta a una experiencia de introspección y aislamiento.

Un refugio que, irónicamente, aísla al visitante del caos y el movimiento de la tierra que se observa con miedo cuando se llega al mundo exterior y se conoce lo que pasó en el país.

¿Y en los mares de Colombia qué pasó?

El Espectador buscó a Carlos Alberto Andrade Amaya, capitán de navío en la Reserva Activa de la Armada y oceanógrafo físico. En su formación tiene un doctorado en la Universidad de Gales y quince años de investigación con la Universidad de La Sorbona y el Instituto Hidráulico de Cantabria. Su mirada es científica. Está conmovido con lo que le sucede al país después de las 7:30 de la mañana del pasado lunes.

Los sismos tienen efectos similares en el suelo marino como en el suelo terrestre. El sedimento se levanta del suelo y el movimiento es transmitido al agua”, afirma.

Sin embargo, para el capitán Andrade, la mayor amenaza no reside en las corrientes profundas, sino en el impacto sobre la superficie. “El efecto más importante es la deformación de la superficie del mar que produce una ola que se transmite desde el origen hacia las costas y que se conoce como tsunami”.

Dice que, al analizar la vulnerabilidad del territorio colombiano, es indispensable trazar una línea divisoria entre sus dos mares.

La costa pacífica convive con un riesgo inminente y constante, producto del choque tectónico directo, ejemplificado en fallas activas como la de Murindó. El Caribe, por el contrario, goza de una dinámica geológica más condescendiente.

Es una zona relativamente benigna, el Caribe,  para estos fenómenos debido a que las placas tectónicas no se enfrentan, sino que se -deforman- al interactuar de manera más oblicua”, señala el investigador.

No obstante, la historia advierte que la región no es inmune. A lo largo de los siglos, eventos como el temblor que devastó gran parte de Santa Marta en 1834 o el sismo que afectó severamente a Barranquilla hace cien años demuestran que el riesgo caribeño existe y puede originarse en áreas como la zona de deformación de Panamá.

“Los sismos tienen efectos similares en el suelo marino como en el suelo terrestre. El sedimento se levanta del suelo y el movimiento es transmitido al agua”, Capitan Andrade. 

Es muy claro al afirmar que, mientras el Pacífico aún guarda la profunda cicatriz del desastre de Tumaco en 1979, el Caribe enfrenta amenazas de naturaleza distinta, a menudo transoceánicas.

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El oceanógrafo recuerda el impacto del histórico sismo de Lisboa de 1775, que alcanzó el norte del continente, y subraya riesgos modernos que exigen monitoreo constante: desde el aumento de actividad del volcán submarino Kick ‘em Jenny en las Antillas Menores, hasta el posible derrumbamiento de la ladera de Cumbre Vieja en Islas Canarias”.

Lo anterior podría significar un colapso que desataría un embate de proporciones atlánticas. “Este es un fenómeno natural que puede ocurrir en cualquier momento y, con una zona costera cada vez más ocupada, es una de las amenazas que hacen parte de los riesgos reales”, advirtió el Capitán Andrade.

El pasado lunes a la hora del terremoto,  un buque de más de 50 000 toneladas entraba por la bahía de Cartagena. Carlos Polanía, oficial de la Armada de Colombia en uso de buen retiro, era el piloto práctico del barco; una norma internacional exige que quien conduce la embarcación en su ingreso al puerto de destino debe ser un capitán formado y certificado para estas maniobras.

Sostiene que no sintió el temblor; cuando terminó su trabajo y dejó el portacontenedor en puerto, llamó a su familia.

“Los buques que transitaron por el área del puerto de Cartagena en el momento del terremoto no registraron ningún evento, ya que el movimiento no tuvo afectaciones por lo lejano del epicentro. Si el evento telúrico hubiera tenido lugar cerca de Cartagena en el suelo marino, es posible que se hubieran presentado marejadas”.

Polanía recordó, sin embargo, cuando era comandante de un submarino de la Armada en el Pacífico colombiano y el mar se movió diferente. “En una ocasión, en un patrullaje en cercanías de la isla Gorgona, el submarino registró un movimiento ondulatorio cuando estaba a 200 pies de profundidad. Esto fue causado por un terremoto en el suelo marino y por nuestra formación de submarinistas supimos cómo enfrentar la novedad y seguir navegando en la profundidad”.

Dice que, como colombiano y marino, está agobiado por lo que pasó en el país, y el sentimiento de tristeza y desolación es el mismo en la tierra y en el mar.

¿Qué lecciones se están aprendiendo de este terremoto?

Mientras todos los días las cifras nos dan otra realidad con nuevos consolidados, le preguntamos a Flover Rodríguez Portillo, de la Asociación Colombiana de Geólogos y Geofísicos de la Energía,  ¿qué se reconoce en el país con esta tragedia?  

El objetivo de la ciencia no es impedir que las placas tectónicas se muevan; es conseguir que cuando lo hagan nuestra sociedad sea mucho menos vulnerable”, y agrega que los terremotos no se pueden evitar; los desastres sí se pueden reducir.

Dice que hay tres lecciones. La primera es reconocer el subsuelo como un activo estratégico de la Nación para proteger vidas e infraestructura. La segunda es la descentralización del saber científico, impulsando la visión de tener “un geólogo por municipio” para tejer una red territorial capaz de identificar amenazas locales y conectar a las regiones con el Servicio Geológico Colombiano.

La tercera, y más apremiante, es la prevención activa y no reactiva frente a nuestras laderas y edificaciones.

“El conocimiento geológico también es infraestructura. Un país que conoce mejor su territorio es un país que puede tomar mejores decisiones, proteger mejor a su población y recuperarse más rápidamente después de un evento como este”.

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