vie. May 22nd, 2026

Escribiendole el Coronel de Gabo

PorYo Opino

mayo 22, 2026

Por: Javid Pinilla

La dignidad humana se alza en esta obra como la última e inexpugnable esperanza frente a la miseria absoluta, demostrando que el orgullo y el valor personal del coronel no son negociables incluso cuando el hambre y el abandono institucional lo han despojado de todo derecho material y reconocimiento social.

El coronel no tiene quien le escriba es una obra cumbre de la literatura hispanoamericana que se sostiene sobre la base de una aparente sencillez, pero que esconde una complejidad psicológica, social y política monumental.

A través de una narrativa despojada de adornos y de la exuberancia que más tarde caracterizaría al realismo mágico, Gabriel García Márquez construye un monumento a la condición humana, a la resistencia y a la dignidad en medio de las circunstancias más adversas posibles. La novela relata la historia de un viejo coronel veterano de la Guerra de los Mil Días que, durante quince años, acude fielmente todos los viernes al muelle del pueblo a esperar la carta que le notifique la concesión de su pensión oficial como excombatiente.

En una sociedad corroída por la violencia política, la censura y la miseria económica, el coronel y su esposa asmática sobreviven en un estado de extrema pobreza, teniendo como única herencia y posesión de valor un gallo de pelea que perteneció a su hijo Agustín, asesinado meses atrás por distribuir información clandestina. A partir de esta premisa, la novela se despliega como una sinfonía de silencios, esperas e ironías cotidianas. Para comprender la profundidad de este texto, es necesario analizarlo desde múltiples perspectivas críticas, estéticas e históricas, desglosando aquellos elementos que convierten esta breve novela en una de las obras más desoladoras y, al mismo tiempo, más esperanzadoras de la literatura universal.

La dignidad humana se alza en esta obra como la última e inexpugnable esperanza frente a la miseria absoluta, demostrando que el orgullo y el valor personal del coronel no son negociables incluso cuando el hambre y el abandono institucional lo han despojado de todo derecho material y reconocimiento social. A lo largo del relato, vemos cómo la pobreza no solo ataca el estómago de los personajes, sino también su posición ante el mundo; la falta de recursos económicos empuja a la pareja anciana al límite de lo tolerable, obligándolos a inventar cotidianamente formas de disimular su situación para no perder el respeto de sus vecinos.

Javid Pinilla curso primer semestre de licenciatura en la Universidad de Cartagena

La famosa escena en la que la esposa del coronel hierve piedras en la olla para que los vecinos crean que están cocinando es una de las metáforas más desgarradoras de este pacto con la decencia. Para el coronel, mantener la cabeza en alto no es un acto de soberbia vacía, sino el único mecanismo que le queda para demostrarse a sí mismo y a los demás que sigue siendo un ser humano, un ciudadano y un soldado con honor, y no un desecho del sistema.

La resistencia del protagonista es activa; no se trata de una resignación pasiva ante el destino, sino de una decisión consciente de no dejarse quebrar por la precariedad. Su negativa a mendigar, su insistencia en vestir su viejo traje de paño para las ocasiones importantes —aunque esté remendado y le quede grande— y su compostura ante las respuestas evasivas del administrador de correos o del abogado demuestran que la dignidad es su verdadera armadura. Al final de la novela, cuando todo se ha perdido, cuando el dinero se ha esfumado por completo y las opciones de subsistencia han desaparecido, la dignidad se concentra en una sola palabra que el coronel pronuncia como una declaración de guerra contra la fatalidad: una respuesta que no es un insulto vulgar, sino la afirmación rotunda de que prefiere alimentarse de la inmundicia misma antes que arrodillarse ante la injusticia del mundo o traicionar la memoria de su hijo y su propio pasado militar.

Esta resistencia ética y psicológica se enmarca y se potencia mediante un manejo magistral de la tensión dramática donde la espera se vuelve asfixiante, logrando que el lector experimente de manera física la angustia monótona, pesada y circular de cada viernes frente a una carta que nunca llega y un tiempo que parece perpetuamente congelado. La estructura de la novela es marcadamente ritual; el tiempo no avanza de

forma lineal hacia un desenlace liberador, sino que se mueve en bucles semanales que giran en torno al día en que llega el correo fluvial. Cada viernes representa una reactivación de la esperanza y, simultáneamente, una nueva caída en el abismo de la decepción.

  El antídoto

García Márquez utiliza la atmósfera del trópico húmedo, la lluvia persistente de octubre y noviembre, y el malestar físico del coronel —quien siente que los intestinos se le endurecen por el invierno— para materializar el peso del tiempo en el cuerpo del protagonista. La espera no es un vacío o una pausa en la acción, sino la acción principal del relato; es un proceso devorador que desgasta la salud, carcome los nervios de la esposa y reduce el espacio de vida de la pareja a las cuatro paredes de su casa en ruinas.

El autor consigue que el lector se habitúe a esa rutina de expectación frustrada, de modo que cada viaje al muelle se siente cargado de una urgencia vital. La genialidad de este enfoque radica en que el objeto de la espera —la carta con la pensión— se transforma gradualmente de una solución económica real en un mito, en una quimera que sostiene psicológicamente al coronel. Si la carta llegara, el ritual terminaría y, paradójicamente, el coronel perdería el propósito diario que lo mantiene en pie; la espera es, por lo tanto, el motor de su existencia, un estado suspendido donde el futuro es una promesa perpetua que justifica el sufrimiento del presente.

A diferencia de la exuberancia mítica y el desborde fantástico que caracterizarían años después a Cien años de soledad, García Márquez opta en esta novela por una genialidad basada en la contención expresiva, utilizando un estilo descarnado, seco y de un realismo minimalista donde la crudeza de la vida se sostiene por completo mediante diálogos afilados, silencios elocuentes y una precisión descriptiva quirúrgica.

No hay aquí alfombras voladoras, ni ascensos celestiales, ni plagas de insomnio; la realidad de este pueblo caribeño es aplastante y gris, marcada por la ley marcial, el toque de queda y la censura de prensa. El autor aplica una rigurosa economía verbal, eliminando cualquier adjetivo innecesario y desnudando las oraciones hasta dejarlas en su estructura más pura y directa. Esta técnica constructiva permite que el subtexto adquiera un protagonismo absoluto; lo que los personajes callan, lo que se insinúa entre líneas o lo que se oculta tras una mirada cansada comunica mucho más que los discursos explícitos. Los diálogos entre el coronel y su esposa son perfectos ejemplos de esta economía: frases cortas, réplicas rápidas, reproches que se cortan antes de convertirse en gritos y una ironía soterrada que actúa como válvula de escape para la desesperación.

Este minimalismo estilístico no debilita la carga emocional de la obra, sino que la potencia de manera extraordinaria; al privar al lector de sentimentalismos melodramáticos o de descripciones patéticas de la pobreza, el texto adquiere una frialdad objetiva que hace que la miseria de los protagonistas resulte aún más chocante y dolorosa. La escasez de palabras refleja la escasez de alimentos y de opciones en la vida del coronel, fundiendo la forma literaria con el fondo temático de la novela en una unidad indisoluble.

Dentro de este entorno de carestía y represión, el gallo funciona como un símbolo polifacético, denso y profundamente contradictorio que condensa las tensiones centrales de la trama, representando tanto la ruina económica inmediata y la discordia doméstica con su esposa, como la última reserva de dignidad, memoria y esperanza colectiva para un pueblo oprimido.

Desde el punto de vista puramente pragmático, el gallo es un parásito que consume los escasos recursos de la casa; la esposa del coronel insiste con desesperada lógica en que el animal come maíz mientras ellos pasan hambre, calificándolo como una maldición y un capricho absurdo. Para ella, el gallo es el causante directo de que tengan que vender sus pocas pertenencias —como el reloj de pared o el cuadro del matrimonio— para poder comprarle el alimento que asegure su rendimiento en las futuras peleas de enero.

Sin embargo, para el coronel, el ave trasciende por completo su valor material o zootécnico; el gallo es la herencia viva de su hijo Agustín, quien fue acribillado en la gallera por razones políticas. Mantener al gallo con vida y en condiciones de pelear es un acto de fidelidad filial, una

forma de mantener vivo el recuerdo de su hijo y de reclamar justicia de manera simbólica contra las fuerzas anónimas que le arrebataron la vida. Además, el gallo deja de pertenecer exclusivamente a la casa del coronel para convertirse en un patrimonio comunitario: los amigos de Agustín y los jóvenes del pueblo ven en el animal una promesa de victoria y de resistencia contra las autoridades locales, representadas por el alcalde corrupto y el rico terrateniente don Sabas.

  Síndrome de Adán

Cuando el coronel lleva al gallo a los entrenamientos en la gallera y el pueblo lo aclama en un aplauso espontáneo y clandestino, el anciano comprende que el gallo ya no le pertenece a él, sino a todos; se ha convertido en el estandarte de un pueblo amordazado que encuentra en las apuestas y en el valor del ave una vía de escape y un símbolo de rebeldía frente a la opresión política que los asfixia.

La supervivencia en ese hogar desolado se sostiene fundamentalmente por la complicidad silenciosa de un matrimonio forjado en el dolor de la pérdida, el desgaste de los años y una profunda interdependencia psicológica, donde ella encarna la voz de la razón pragmática y la urgencia biológica, mientras él representa la terquedad idealista y la fidelidad a los principios, compartiendo ambos de manera equitativa el peso aplastante del olvido. La relación entre el coronel y su esposa es uno de los retratos conyugales más maduros, complejos y conmovedores de la literatura moderna.

A primera vista, sus interacciones parecen marcadas por la fricción constante y el reproche: ella, enferma de asma y confinada en gran medida al espacio doméstico, se enfrenta a la realidad diaria de la despensa vacía y la falta de dinero para las medicinas, lo que la lleva a cuestionar la pasividad y el optimismo ingenuo de su marido. Sus intervenciones son duras, realistas y desprovistas de ilusiones; es ella quien le recuerda que las promesas del gobierno son falsas y que el abogado los está estafando. Por su parte, el coronel responde a estas crisis con evasivas benignas, humor melancólico y un optimismo inquebrantable que raya en la insensatez. Sin embargo, debajo de esta aparente desconexión ideológica existe una corriente subterránea de ternura, respeto y profunda comprensión mutua. No se han abandonado el uno al otro en la desgracia; se conocen tan bien que sus silencios están perfectamente codificados.

La esposa, a pesar de sus furiosas protestas contra el gallo, es quien se encarga de buscar alternativas para alimentarlo cuando el coronel no puede, y el coronel, a pesar de su fijación con la carta, sufre intensamente al ver los ataques de asma de su mujer y la falta de comodidades que padece. Ambos son sobrevivientes de una misma tragedia —la muerte de su único hijo— y ese dolor compartido funciona como el cemento invisible que mantiene unida su estructura familiar frente al derrumbe del mundo exterior.

Finalmente, la novela se consolida como una crítica mordaz, sutil pero implacable, a la burocracia estatal y a la indolencia política de los regímenes de la época, exponiendo a través de esa mítica pensión jamás pagada cómo el Estado fagocita, posterga indefinidamente y condena al abandono absoluto a aquellos ciudadanos que alguna vez arriesgaron su vida, su juventud y su sangre por la construcción de la patria. El coronel es un veterano de una guerra civil que terminó con el Tratado de Neerlandia, donde se prometieron amnistías, compensaciones y pensiones vitalicias para los combatientes que entregaran las armas. Quince años después de la firma de los acuerdos, el coronel sigue esperando el cumplimiento de la palabra del Estado, atrapado en los laberintos kafkianos de una administración pública corrupta, ineficiente y deshumanizada.

El cambio constante de ministros, la pérdida de expedientes en archivos polvorientos de la capital y la indiferencia de los funcionarios locales son la respuesta sistemática a sus reclamos legítimos.

La pensión no recibida no es simplemente una falta de dinero; es el símbolo de la traición histórica de las élites políticas hacia las clases populares que combatieron en los frentes de batalla. Mientras el coronel se hunde en la indigencia, aquellos que supieron acomodarse a las nuevas circunstancias políticas del país, como don Sabas —quien se enriqueció mediante la delación y la compra a precio de huevo de los bienes de los exiliados políticos—, disfrutan de la opulencia y del favor del régimen local. La novela denuncia así un sistema social profundamente injusto donde la honradez y la lealtad se pagan con el hambre y el olvido, mientras que la falta de escrúpulos y la complicidad con el poder dictatorial son recompensadas con el éxito económico y el estatus social.

Al retratar la desolación del viejo militar, García Márquez no solo escribe una historia local colombiana sobre el período conocido como “La Violencia”, sino que compone una parábola universal sobre la desatención institucional y la fragilidad del individuo frente a las estructuras de poder que lo instrumentalizan durante las crisis para luego desecharlo cuando ya no resulta de utilidad para sus fines geopolíticos o económicos

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