Perpetuar la celebración de Ángeles Somos como lo hace Aguas de Cartagena, no responde a un mero ejercicio de nostalgia, sino a la salvaguardia urgente de un patrimonio cultural e inmaterial que cohesiona a Cartagena desde sus bases barriales.
Cada primero de noviembre, los sectores populares de Cartagena conmemoran la tradición de Ángeles Somos. Grupos de niños recorren las calles con ollas y tapas de metal en las manos, deteniéndose ante las puertas de las viviendas para entonar estribillos rítmicos como el Tintililillo. El propósito de este recorrido radica en solicitar alimentos a los vecinos —yuca, plátano, ñame, mazorca o trozos de carne— para la preparación colectiva del sancocho. Quienes entregan provisiones reciben versos de agradecimiento y bendición, mientras que la negativa de alguna vivienda genera cánticos de reproche satírico propios del cancionero popular.
El acopio de estos víveres culmina en esquinas o patios del barrio , donde los habitantes instalan fogones de leña a cielo abierto. Las familias aportan ingredientes adicionales, leña y utensilios para cocinar el sancocho en ollas de gran tamaño. Esta práctica traslada la actividad doméstica al espacio público y concluye con la distribución de los platos entre los participantes, articulando la dinámica barrial a través de la cooperación y el reparto equitativo de los alimentos recolectados durante la mañana.

Aguas de Cartagena se constituyó a finales de 1994 e inició operaciones en 1995 bajo un modelo de sociedad mixta pionero en el país, surgido tras el colapso administrativo y operativo de las Empresas Públicas Municipales. La alianza estratégica entre el Distrito de Cartagena, socios privados y el operador técnico internacional transformó la infraestructura de servicios básicos en la capital de Bolívar: amplió la cobertura de acueducto hasta niveles superiores al 99 %, tecnificó la captación en el Canal del Dique, construyó el emisario submarino y consolidó un sistema de alcantarillado capaz de sostener la demanda de una urbe en constante expansión.
Esa presencia técnica y territorial adquiere sentido profundo cuando se cruza con el tejido social de los barrios. Para Aguas de Cartagena, la cultura y el patrimonio inmaterial no constituyen un apéndice accesorio de la gestión corporativa, sino el núcleo mismo de su legitimidad comunitaria y de su política de sostenibilidad.
Al respaldar manifestaciones vivas como Ángeles Somos en los barrios San Pedro Mártir y Albornoz, la empresa reconoce que el agua no fluye en abstracto: abastece la olla comunitaria, sostiene el fogón de leña en la calle y convoca a los vecinos alrededor de un sancocho forjado con los versos de los niños. Articular la pedagogía del saneamiento y el cuidado del recurso hídrico con las celebraciones transforma una directriz de servicio en un compromiso cotidiano, donde la preservación de las costumbres populares se asume como condición indispensable para el desarrollo de la ciudad.
La actividad para el pasado 1 de noviembre congregó a 200 residentes, entre menores de edad, dirigentes comunales y personas de la tercera edad, con el fin de desarrollar la agenda de esta manifestación cultural en el perímetro urbano de la ciudad. El programa inició con el desplazamiento de los grupos por las vías de ambos sectores. Los niños visitaron las casas para solicitar alimentos mediante el canto del Tintililillo y almacenar los aportes para la cocción colectiva.
Al término de las rutas, los asistentes acudieron a los puntos de concentración del barrio donde la empresa impartió módulos de pedagogía sobre el uso de las redes de acueducto y alcantarillado, complementados con dinámicas recreativas y rondas grupales. El encuentro concluyó con la cocción y el reparto del sancocho comunal entre los vecinos de San Pedro Mártir y Albornoz.
Perpetuar la celebración de Ángeles Somos como lo hace Aguas de Cartagena, no responde a un mero ejercicio de nostalgia, sino a la salvaguardia urgente de un patrimonio cultural e inmaterial que cohesiona a Cartagena desde sus bases barriales.
Cuando los niños salen a cantar y las comunidades instalan sus fogones en el andén, la ciudad reafirma su memoria colectiva, combate la pérdida de identidad frente a la homogenización urbana y reactiva redes vecinales de apoyo mutuo que sostienen el territorio. Mantener encendida esta práctica garantiza que las nuevas generaciones reconozcan en la calle un espacio de encuentro digno, donde la solidaridad no es una consigna abstracta, sino una herencia viva que se canta, se cocina y se defiende en comunidad.

